Montañeros, no domingueros

El director de la Escuela Madrileña de Alta Montaña nos da algunos consejos clave para disfrutar del montañismo sin correr ningún peligro

14005970789367Uno se va a una gran superficie, se coge un forro polar, unos pantalones y, en el mejor de los casos, unas botas y, como se ve pintas de montañero, el cabra tira al monte. José Eladio Sánchez, director de la Escuela Madrileña de Alta Montaña (EMAM), explica que la sierra de Madrid (y de España, en general) es mucho más dócil que otros sistemas montañosos y eso anima a que la gente se acerque más. Pero, continúa, “falta tradición montañera y hay una cantidad de intervenciones, sobre todo los fines de semana de buen tiempo, impresionante, que podríamos evitar atendiendo a tres cuestiones fundamentales: la formación, la experiencia y la anticipación”.

En materia de seguridad en montaña, se puede hablar de peligros objetivos, que son los inherentes al medio y a su condición, de peligros subjetivos, que son los que genera el ser humano, y de la interacción entre ambos (en función de las capacidades de cada uno, se asume un mayor o menor riesgo frente a un peligro objetivo, que debe identificar para interpretar y valorar sus posibles consecuencias).

“Tenemos el valor estadístico, respecto a la información que se extracta de los atestados de la Guardia Civil, y los errores más comunes del aficionado son: la sobrestimación (sobrestimar al equipo o a sí mismo), que es el que se lleva la palma, la falta de formación, la mala planificación, no ver o no saber interpretar la información meteorológica y utilizar un material inadecuado. Esos cinco engloban el 80%, si no el 90%, de los accidentes. También influye el nivel físico, porque no hay que ser un gran atleta, pero se está saliendo a un medio que exige físicamente, aunque esto se relacionaría con la sobrestimación”, explica José.

“La presión que tiene la sierra, con una capital como Madrid a tan pocos kilómetros, es fuerte. Pero, sin pretender que nadie se atemorice, es un medio hostil. Simplemente hay que entender que no estamos en un medio urbano y que debemos estar preparados y ser autónomos para cubrir las necesidades básicas. Y, a partir de ahí, valorar todas las necesidades que vas a poder tener (frío, calor, sol, alimentación, hidratación, desplazamiento, itinerario…) y protegerte frente a ellas. Si te vas a Peñalara en playeras, en pleno invierno, con 15 grados bajo cero y vientos de 70 kilómetros por hora, te vas a llevar una sorpresa”, asegura.

José lo ilustra con un ejemplo: “Te levantas a las cinco de la mañana, desayunas, metes las cosas en la mochila y coges el coche a las seis. Pones la calefacción, la radio, subes al puerto con ánimo de llegar a las siete y pico (porque, si no, no aparcas) y te bajas del coche a casi 1.900 metros de altura, muchas veces, en mitad de un marrón impresionante. Y, cuando no hay marrón, te encuentras una diferencia de 15 grados respecto a la cómoda temperatura de tu coche. Te acaban de dejar en el ojo del huracán. Pero lo gracioso es que te metes ahí y sales como puedes. Luego lo cuentas y lo mal que lo has pasado es lo bueno, la anécdota. Pero no evalúas por qué no has sido capaz de anticiparte a esas condiciones y buscar una actividad más accesible para la situación que te ibas a encontrar”.

En ese sentido, recomienda no salir si las condiciones son muy malas. O, en caso de salir, tener claro adónde se va, cómo volver y, sobre todo, asegurarse de que se es capaz de navegar y de que se dispone de las herramientas necesarias. “Si no, media vuelta”, afirma.

Las actividades de montaña no dejan de ser una especialidad deportiva y, al igual que uno conoce las reglas del fútbol cuando va a jugar, aquí también debe conocerlas. “Es sentido común, ni más ni menos. Podemos hacer un listado de cosas que hay que llevar al campo. Si te metes en internet, encontrarás millones de decálogos que hemos escrito miles de listos, pero la clave es tener una actitud activa hacia tu seguridad. Es entender que estás en un medio distinto al tuyo. Bueno, nuestro medio es el natural, pero hemos actuado sobre él para hacer nuestra vida más cómoda y ya no sabemos movernos en él”.

Analizando algunos de esos decálogos, buscados al azar, José se pregunta si la gente sabe armar un botiquín básico, identificar los síntomas de la hipotermia o qué meter en su mochila. “Manejar bien la información (conocer tus capacidades, saber qué material necesitas, etc.) es lo que te va a dar los márgenes de seguridad. Pero dar un listado, sin más, es como dar una caja de bombas a unos monos… Parece que le estuvieras diciendo a la gente que se compre un GPS y que, con eso, ya puede ir al monte, dando por hecho que sabe orientarse. Se compran el material; si tienen dinero, compran un GPS, y los ves por ahí, perdidos con su GPS. Por eso, donde hay que hacer más hincapié es en la formación. De manera autodidacta, dirigida o dejándose acompañar por alguien que sepa”.

José reconoce que, por suerte para ellos, la gente llega mentalizada de que tiene que formarse. En la EMAM hay distintos niveles, desde la iniciación hasta la profesionalización. Para los cursos de iniciación no es necesario estar federado. “Si luego quieren profundizar, ya sí que deberían federarse. Pero, si no lo hacen, al menos han aprendido lo básico de gente que sabe”, reflexiona. Además, “federándose, cuentan con un seguro de accidente. Que conste que no quiero ser corporativista. A mí lo que me importa es que la gente sea solidaria con los demás y que, del mismo modo que aseguran su coche, no graven a lo público si salen habitualmente a la montaña (explica que la hora en helicóptero se valora en unos 3.000 euros), bien asegurándose con la federación o con cualquier compañía, que hay 50.000”.

El director de la escuela concluye insistiendo en que la montaña tiene riesgos implícitos (sin olvidar que la mala suerte puede estar presente) y que, ante la falta de conocimiento (toma nota, dominguero), lo más recomendable es transitar por la zona de menor peligro objetivo, ya que la gestión que se haga del riesgo es determinante. Y no olvidar que “la cumbre está en el valle” (o en casa), en el sentido de que alcanzar un pico no es el final del recorrido: éste termina cuando uno regresa.

Fuente: El Mundo.

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